Urbe

Las tinieblas se ciernen sobre mi alma atenazando con furia mi cuerpo, reteniendo entre sus oscuras garras de piedra mi aliento, mi voz. Siento cómo su fuerza descomunal aprisiona mi ánimo, doblega mi mente, esclaviza mi ser.

Luces oscuras inundan desiertos callejones, rehuyendo mi presencia, avivando a cada instante el recuerdo de mi esencia. Niega la urbe mi persona, aprisiona entre sus asfixiantes sombras mi necesidad de aullar. Me urgen sus paredes negras a inclinar el gesto, someter a su poder mi voluntad, y como condenado que ha asimilado su pena, encadenado al gigante pétreo caminar.

Pesan las cadenas, pesan los brazos, pesa el ánimo amilanado. Armas depuestas duermen sueño eterno, conscientes de que ya nadie las portará. Ciegan mi conciencia agrestes caminos, al compás de un estruendo rigen mi destino, marcando mi paso, determinando mi rumbo.

Mas bajo la penumbra de los atronadores timbales persiste, inaudible, invisible, música de luz. Escucha, atiende, déjate embriagar por la melodía que atraviesa la penumbra, que rasga las tinieblas, y vence tu pesar. Alza tu cuerpo en un vuelo, eleva sobre el abismo tu voz, abriendo las nubes, rasgando los vientos.

Huye, vuela, baila al frenético compás que marca tu propio albedrío, siente en tu seno la excitación y el vértigo de la libertad. Salta, grita, danza… danza como nunca antes lo hiciste, tan libre como nunca antes en tu vida sentiste.