contra la autoridad
Aquéllos que oprimen nuestra libertad de eleción, los que limitan nuestros movimientos y cierran las puertas a nuestra creatividad, a nuestro genio, a nuestra individualidad, son, en el sentido más crudo y radical de la palabra, nuestros enemigos. Contra ellos no cabe más que insumisión y rebeldía, contra su autoridad no sirve más que resistencia y protesta.
Libres son aquéllos que saben identificar con eficacia el autoritarismo, las normas de comportamiento arbitrarias y moralistas, y se imponen con firmeza ante su ataque. Libres son porque libremente eligen su camino, y porque libremente deciden ignorar a la autoridad. Libres son porque nada condiciona su conciencia
Pero no confundamos el orden de estas ideas: uno puede ser en principio libre, y como consecuencia de su libertad repudiar a la autoridad; mas no significa esto que repudiar a la autoridad le convierta en libre.
Más triste y lamentable que observar en algún individuo un cumplimiento sistemático de las normas de comportamiento establecidas es el hecho de ser testigo de un incumplimiento igualmente sistemático, igualmente artificial. Piensa en esa persona que desafía una y otra vez las normas de conducta generalmente aceptadas, imagina a aquél que no acepta órdenes ni prohibiciones provinientes de figuras de autoridad, y sin embargo busca continuamente la aprobación de su grupo de amigos, necesita en todo momento miradas de apoyo por parte de sus compañeros para saber que su comportamiento es correcto. Esa búsqueda de un gesto de aprobación, esa necesidad de ratificación por parte del redil, es la que le delata: no es libre, se trata tan sólo de un borrego con disfraz de león.