Ahora sí, soy abogado

Así como el juez Claus supo desde que era más pequeño que una nuez que su destino era ser juez (un buen juez), yo supe desde bien pequeño que quería ser abogado. No tendría yo más de cinco años cuando ya afirmaba con total convencimiento que me iba a dedicar a tan compleja profesión.

Seguramente no sabía qué implicaciones tenía el tema, no tenía ni idea de en qué consistia eso de ser abogado. Pero algo era innegable: un abogado era alguien digno de admiración y respeto, una persona que puede hacer muchas y muy grandes cosas sólo con la palabra. Mientras mis compañeros de colegio decían querer ser futbolista, astronauta o vaquero, admirados por las proezas que veían realizar en televisión a semejantes héroes, yo admiraba el uso de la palabra. No, no lo admiraba: lo envidiaba. Eso es, lo envidiaba.

Desde bien pequeño he sufrido incontinencia verbal, o al menos eso me hacían entender cada vez que me decían “Dani, majo, cállate un poco, que no callas ni debajo del agua”. A mí me gustaba hablar, inmiscuirme en las conversaciones de mis mayores, opinar, rebatir… pero toda la respuesta que recibía era “tú calla, que esto son cosas de mayores”. No es que esto me haya llegado a traumatizar, pero sí que me ha dejado un recuerdo imborrable, y el convencimiento de que parte de la culpa de mi vocación la tiene este hecho. Porque mientras a mí me mandaban callar y mis argumentos racionales (a menudo cargados de razón, estoy convencido de ello) carecían de todo valor, al otro lado del cristal del televisor se me mostraba un mundo en el que todo era discutible, todo era defendible, los razonamientos lógicos y la evidencia prevalecían por encima de la autoridad, y la palabra tenía un valor superior a cualquier relación de dependencia moral.

El abogado gozaba de un privilegio que a mí se me negaba: a él le dejaban hablar, y escuchaban sus argumentos antes de desecharlos, y para desecharlos se debía recurrir a argumentos lógicos, no a la mera autoridad. Pero es que además un abogado era algo más que un pico de oro, un abogado luchaba contra la injusticia, y defendía a los débiles. Un héroe con traje y corbata que no lanza rayos, sino que esgrime la Ley, la palabra.

Desde pequeño tuve un estricto sentido de la justicia. Recuerdo haberme peleado con un compañero de la escuela con cuatro o cinco años, y recuerdo cómo la profesora nos puso cara a cara para que nos pidiéramos mutuamente perdón. Él obedeció, pero yo me negué. No por orgullo, no por rencor. Por justicia. Yo era el agredido y él el agresor, yo obré en legítima defensa. Bajo ningún concepto iba a permitir que se nos pusiera a ambos en el mismo plano. Ni hablar. No me importó que mi profesora se enfadara conmigo, no me importó no obtener su aprobación. La Justicia estaba por encima de su sonrisa.

Llegar a ser abogado es difícil. Difícil y caro. Para que os hagáis una idea, ninguno de mis hermanos ha cursado estudios universitarios (no por falta de cualidades), y mis padres no pasaron de la educación básica. De hecho, en mi familia (al menos en la parte que conozco) fui el segundo (y de momento el último) en cursar estudios universitarios, y (de momento) el único que los ha terminado (mi prima dejó Química a la mitad). Por eso cuando la fantasía infantil empezó a convertirse en realidad, tuve que sobreponerme a distintos obstáculos.

El primero, al terminar EGB. En ese punto el camino se bifurcaba: o elegía el bachillerato para ir a la Universidad, o elegía FP para terminar colocado (laboralmente hablando) a los dieciocho. Mi hermano lo tenía claro, y no paraba de repetirlo: “haz FP, y en cuatro años tienes curro fijo”. A él no le convencía eso de intentar ser un “picapleitos”. En algún momento llegué a pensar que él sentía envidia, pues al ser él el mayor no pudo continuar los estudios tal y como habría deseado; y no hay día que no me sienta miserable por haber pensado así. Lo cierto es que sus palabras iban cargadas de realismo y pragmatismo, ya que yo pretendía entrar a una carrera larga y con un futuro incierto. Desde bien joven él se tuvo que poner a trabajar para ayudar a su familia. Soy consciente de que buena parte de lo que he conseguido en esta vida se lo debo a él. Al fin y al cabo, yo pude perseguir mi sueño a costa de que él renunciara a los suyos.

El segundo obstáculo fue justo antes de terminar el bachillerato. Las notas no eran problema, tan sólo necesitaba un 5,01 de media para entrar a Derecho. Para mí Selectividad fue un paseo. Y el dinero… bueno, el dinero siempre ha sido obstáculo para todo. Yo hablo de un obstáculo de otra naturaleza. Hablo de la duda. De repente, en el momento de rellenar la prematrícula, me cuestioné si realmente quería hacer Derecho. Al fin y al cabo, a lo mejor esa fantasía infantil no era más que eso, una fantasía infantil. ¿Y si no era lo que yo realmente quería? ¿Y si no era más que un capricho infantil que había sido sobrealimentado por el entorno? ¿Iba a meterme en una carrera de cinco años con futuro incierto porque hacía años a alguien le había dado por decir que yo de mayor iba a ser abogado? ¿Y si me había dejado embaucar por mi propia fantasía? Dudé, y dudé mucho. A punto estuve de entrar a Empresariales o algo así. Pero no lo hice. Seguí adelante con mi sueño.

La carrera fue más fácil de lo que yo esperaba. Mis sorpresas me llevé, pero sin traumas. Recuerdo la decepción de la nota del primer parcial de Derecho Natural, en primero. Había sido un examen sencillito, y salí con buena impresión, esperando haber sacado al menos un 8. Casi nada. Fue la primera nota que publicaron, y había sacado un 5’25. Aprobado por los pelos. Si eso saqué en Natural, ¿qué sacaría en Historia, que me había salido un examen flojo? De repente me entró el vértigo: aquello era mucho más complicado de lo que parecía. Me esperaban cinco años de duro trabajo, y quizás no sería capaz de salir ileso de aquella contienda. Me había puesto el listón demasiado alto, y no iba a ser capaz de sobrepasarlo.

Por fortuna saqué un 7’4 en el examen de Historia, y notas similares en el resto de asignaturas. Lo del examen de Derecho Natural fue una falsa alarma. El problema fue que al principio del examen el profesor dijo “son preguntas concretas, así que quiero respuestas concretas, nada de irse por las ramas”, lo que nosotros interpretamos como “quiero respuestas breves y esquemáticas”. Y a lo que él se refería era a que no mezclásemos con otros epígrafes del temario, pero dentro del epígrafe preguntado, que nos extendiéramos tanto como pudiéramos. Las notas de aquella asignatura fueron una merienda de negros, casi debería sentirme orgulloso de mi 5’25.

Terminé la carrera sin demasiado esfuerzo. Sin demasiado esfuerzo discente, quiero decir. En cinco años suspendí sólo un examen, el primer parcial de Civil IV, en el último año. Salí del examen asegurando a mis compañeros que tenía un 80% de probabilidades de suspender, y nadie me creyó. Saqué un cuatro, un suspenso merecidisimo que pese a los consejos de mis compañeros no me molesté en ir a revisar. En junio aprobé la asignatura completa, y a correr. Pero no me bastaba con aprobar exámenes, estudiar una carrera tiene sus costes económicos. No son una barbaridad, pero están ahí. Matrícula, material, transporte, comida… Todos los días cogía el tren de Cercanías que me llevaba en 45 minutos hasta Donosti, y allí cogía el bus hasta la Facultad de Derecho. Si había suerte cogía el 24 justo al lado de la estación de RENFE, aunque generalmente debía caminar hasta la parada del hotel Londres donde debía coger el 5, el 25 o el 33. Pero cuando el bolsillo flaqueaba no quedaba más remedio que recortar de aquí y de allá, y después de caer el café de media mañana (30 céntimos en la máquina), tocaba recortar el transporte, y hacer a pie la distancia entre la estación de RENFE y la facultad de Derecho. Tampoco pretendo considerar eso una proeza, había mucha más gente que hacía el mismo recorrido, o incluso más largo. De hecho, una compañera solía hacer siempre a pie el trayecto entre la estación de tren y la facultad, independientemente de que la economía flaqueara o no.

Para poder pagarme ese tren, ese bus y ese café (además de la matrícula, los libros, las fotocopias y demás) no me quedaba más remedio que buscarme algún trabajillo de fin de semana, y ahorrar todo lo que pudiera trabajando en vacaciones. Fueron tiempos en los que había una única prioridad, y todo el esfuerzo y todas las privaciones se soportaban soñando con el futuro.

Recuerdo cómo una semana antes del examen del primer parcial de Derecho Romano, en primero, me llamaron de mi ETT favorita para ofrecerme un trabajo de fin de semana en un lavadero de coches. Y cuando digo “trabajo de fin de semana” me refiero a un trabajo de un fin de semana. “Más adelante habrá posibilidad de más”, me dijeron, y accedí. Eso supuso quitar horas de estudio para el examen de Romano, que era el martes, y no pagaban demasiado bien, pero necesitaba la pasta. El trabajo era frío, sucio, desagradable y desagradecido. Y como me prometieron, más adelante hubo más. Siempre contratos de un fin de semana, según saliera el sol (cuando llueve la gente no lava el coche), y avisándome a última hora. A veces era para el sábado y el domingo, otras veces para el viernes y el sábado… me llamaban el miércoles o el jueves a la tarde, y yo decía “sí”. Incluso me llamaban el viernes a la mañana para trabajar esa misma tarde, y como yo no tenía móvil, dejaba en casa el recado de que si llamaban de la ETT les dijeran que sí, pero que llegaría quince minutos tarde. Empecé a usar móvil para estar localizable por mi ETT favorita. Tenía cronometradísimo lo que tardaba en llegar desde la facultad a la estación de tren, a qué hora llegaba el tren, cuánto tardaba en comer, y cuánto tardaba en llegar desde casa al lavadero. El contrato lo firmaba el lunes o el martes, una vez terminado el trabajo, antes de ir a clase. Firmé tantos contratos y me pasé tantas veces por la oficina de la ETT que ya había confianza, así que empezaba a trabajar sin tener firmado aún ningún contrato (las condiciones me las conocía de sobra), sabiendo que únicamente me habían dado de alta en la Seguridad Social (para volver a darme de baja el lunes). Se puede decir que me pagué la carrera lavando coches.

Como en la facultad sólo existía un grupo de euskara, para permitir a quien tuviera asignaturas pendientes del año anterior que asistiera a todas las clases, nuestro horario era un año de mañana y al siguiente de tarde. En cuarto esto me permitió aceptar un trabajo por las mañanas, de reponedor en un supermercado. El sueldo era aún peor que en el lavacoches, y tocaba madrugar una barbaridad, pero al menos era más limpio, y no se sufría frío ni humedad. Además el trabajo tenía cierta continuidad que el lavacoches no me garantizaba. Sin embargo, no creí conveniente rechazar el trabajo del lavacoches, y durante un par de meses (marzo y abril de 2003) compaginé el trabajo en el supermercado por las mañanas de lunes a viernes, los estudios por las tardes de lunes a viernes, y el trabajo en el lavacoches los fines de semana. En dos meses tuve únicamente tres días libres, que dediqué a dormir. Más de una vez me quedé dormido en el tren según iba a la facultad, y me salté mi estación.

Cuando terminó mi trabajo en el supermercado, a falta de un mes para los exámenes, me estaban esperando varios trabajos de la facultad que había ido posponiendo. Recuerdo uno de Derecho Internacional Público sobre el conflicto entre Israel y Palestina, y otro de Derecho Administrativo II sobre el funcionamiento de mi ayuntamiento, este último que para colmo me lo adelantaron una semana. “Si os parece he pensado adelantar una semana la exposición de los dos últimos trabajos, y así terminamos antes la asignatura. ¿Algún problema, Daniel?” No, ningún problema. Sólo que aún ni lo he empezado porque he estado ocupado ganándome el billete de autobús, pero esto no te lo puedo decir, y tampoco me veo con fuerzas de decirles a mis compañeros que lo de terminar una semana antes ni hablar. Venga, un último esfuerzo.

El último año fue relativamente tranquilo, y salvo el susto de Civil IV que ya he comentado, conseguí terminar sin sobresaltos. Cinco años más tarde, ya era Licenciado. Había pasado por un primer año un tanto irregular, un segundo año de estabilización, un tercer año en el que empecé a verle la utilidad práctica a lo que estábamos aprendiendo, un cuarto año muy intenso en el que con la asignatura de Derecho Procesal supe definitivamente que había elegido el camino correcto, y un quinto año de fin de fiesta en el que simplemente me dejé llevar. Cinco años de esfuerzo, de sacrificio, de ilusiones. Y ni sentí fuegos artificiales ni música celestial. Fue como cumplir los dieciocho: sabes que ese momento marca un antes y un después, pero ni siquiera lo parece.

Y sin embargo, algo había cambiado. No en ese último momento, pero sí en el proceso. Durante ese tiempo cambió por completo mi punto de vista respecto de muchos aspectos de mi vida. Y cambió, por supuesto, mi punto de vista respecto de la profesión que había elegido con apenas cinco años de edad. Mi voluntad de llegar a ser abogado seguía siendo firme, tal vez más firme que nunca, pero las motivaciones ya no eran las mismas.

De repente, ya no es una cuestión de Justicia. Con el conocimiento que he adquirido en estos años, ahora sé que la abogacía no es el mejor camino para hacer justicia. Ahora sé que ser abogado no es ser un héroe, sino ser un mercenario de la palabra. Y sin embargo, me gusta. Yo quiero ser eso. Quiero tener las respuestas, quiero ser la solución. Quiero poder coger un problema complejo, diseccionarlo, dividirlo en pequeñas cuestiones objetivables, reducirlas a un razonamiento lógico, y acometerlas desde la certeza de una Ley bien redactada. Ahora la primera crítica que hago a la Ley no consiste en su falta de Justicia, ahora lo primero que critico es su incoherencia, su inaplicabilidad, su inconcreción, sus lagunas. Creo que me he convertido en un iuspositivista; quizás con las reservas que en la Wikipedia ponen en boca de Carlos Santiago Nino (tengo ese libro en algún rincón, a lo mejor lo releo en vacaciones).

Al terminar la carrera, ya poseedor de un montón de conocimientos teóricos pero casi ninguno práctico, me matriculé por dos años en la Escuela de Práctica Jurídica (EPJ). No es que allí aprendiera una barbaridad, pero por lo menos adquirí una perspectiva distinta a la obtenida durante la Licenciatura. Tuvimos como profesores a abogados, jueces y fiscales, e incluso a algún médico forense. Algunos muy buenos, otros no tanto, con un balance general positivo.

Y por primera vez en mi vida visité un Juzgado. En el primer curso teníamos clase de 8:30 a 10:30 en el Colegio de Abogados, y luego ya no teníamos clase hasta las 16:15, así que hasta la hora de comer solía aprovechar para acercarme al Palacio de Justicia con algún compañero para asistir como público a todo tipo de juicios. Había días que te los pasabas en los pasillos mirando en los tablones en busca de algún tema interesante y no encontrabas nada, otras veces encontrabas algo interesante y te pasabas media mañana esperando a que empezara porque andaban con retraso, y otra veces esperabas para nada porque las partes llegaban a un acuerdo y entonces el juicio no llegaba a celebrarse. Pero había días en que encontrabas algo realmente interesante, y entonces la búsqueda y la espera merecían la pena.

En verano de 2005 entré por tres meses en prácticas en el Servicio de Orientación Jurídica (SOJ) por medio de la EPJ, y pude conocer parte del funcionamiento interno del Juzgado. Tampoco demasiado, porque al fin y al cabo el SOJ, pese a estar ubicado en el edificio del Palacio de Justicia, en realidad depende del Colegio de Abogados, y su cometido es tramitar las solicitudes de Justicia Gratuita, pero para mí resultó una experiencia positiva.

Aproximadamente un mes después de dejar el SOJ, ya iniciado el segundo curso de la EPJ, un despacho de abogados escribió al Colegio de Abogados ofertando una plaza en prácticas. Había habido otras ofertas de otros despachos, pero éste tenía una particularidad: se trataba de un despacho de una localidad junto a mi pueblo. La mayoría de mis compañeros de la EPJ son de los alrededores de Donostia, muy pocos éramos del interior, de cerca de la localidad de dicho despacho sólo habíamos dos, y yo era el único disponible en ese momento. Por supuesto, me presenté allí con mi curriculum (perfectamente redactado mediante OpenOffice), y no tuvieron más remedio que conformarse conmigo.

Cuando terminé las prácticas no me quise ir, o no me quisieron echar, no recuerdo bien. La cuestión es que me quedé allí, como asesor jurídico, feliz, con unos compañeros fantásticos que siempre están ahí para echarte una mano, y por qué no, para pegarte un tirón de orejas cuando metes la pata. Consciente de que en estos meses he aprendido una barbaridad, pero que no es nada comparado con la barbaridad que aún me queda por aprender. “¿Cuándo te vas a colegiar?”, me preguntaban, y al final llegó el día. Catorce de marzo de dos mil siete, miércoles. Número de colegiado cuatro mil ciento cincuenta y uno.

Estoy colegiado. Soy abogado. Fijaos qué fácil es de decir, bastan dos palabras: “soy – abogado”. Y sin embargo, llegar hasta aquí supone recorrer un largo camino. Mi idea era colegiarme el martes, que caía en martes 13, igual que mi día de nacimiento, pero la agenda no me lo permitió, y al final me colegié el 14, que tampoco es mala fecha. Marcada queda en mi agenda para la posteridad. Bueno, en mi agenda, y en mi carné de colegiado. Un poco cutre sí que es, para qué mentir: una cartulina mal recortada y plastificada de manera pseudo-artesanal, ¡y hala!, uno ya puede decir que es abogado. Pero no exagero cuando digo que es lo más valioso que llevo en la cartera, aún estando hecho de cartulina barata. Y quería compartir con vosotros este hecho tan importante para mí.

Sin embargo, lo de colegiarse es como cumplir 18 años o como licenciarse: no saltan fuegos artificiales ni hay un eclipse ni nada por el estilo. Sales del Colegio de Abogados con un montón de papelajos, el libro de honorarios, el dietario y cuatro artículos sagrados más en las manos, con el carné en el bolsillo y con la felicitación de la secretaria aún resonando en tu cabeza, pero no aciertas a decir qué ha cambiado.

Ese día lo celebramos al salir de la oficina yendo a tomar unos potes, pero no llegué a decir nada en casa. No sentía que fuera nada digno de contar, pese a que de cierto modo suponía la consecución de un sueño. De hecho, mi familia ha tardado bastante en enterarse de mi colegiación, y muchos de mis allegados, que conocen mi sueño desde hace años, aún no lo saben.

De todos modos, yo soy de la creencia de que hay dos requisitos para merecerse el apelativo de abogado: el formal y el material. El formal lo cumplí el 14 de marzo. Ahora me falta el requisito material para poder decir con total seguridad y convencimiento que soy abogado: patear juzgados, y caminando, aprender a andar.

Mi primer paso ya lo he dado: el martes pasado, veinticuatro de abril de dos mil siete, me estrené en los juzgados de Tolosa, en una Audiencia Previa. Un trámite de lo más sencillo. Puede llegar a complicarse, pero en este caso en concreto no era previsible. Sin el cliente delante, sólo dos abogados y dos procuradores, ante la juez y la secretaria judicial, yo por la parte demandada. Un vecino reclama a la Comunidad de Propietarios el arreglo de humedades de su vivienda, por entender que se deben a un defecto de la fachada, y por parte de la Comunidad de Propietarios negamos que la causa de las humedades sea un defecto de la fachada. La parte contraria lo inició como Juicio Verbal, pero alegamos inadecuación del procedimiento y forzamos una reconducción por los trámites de Juicio Ordinario, tipo de juicio en el que existe el trámite de Audiencia Previa del que os hablo. No ha habido posibilidad de acuerdo, no hay cuestiones procesales que impidan la continuación del proceso, no hay hechos nuevos… pasamos a la proposición de prueba, la otra parte se reafirma en la prueba ya propuesta con la demanda (documental y pericial), y además solicita una testifical. Era previsible que solicitara esa testifical, no pongo ninguna objeción. Por mi parte me limito a reafirmarme en la prueba ya propuesta con la contestación a la demanda (documental y pericial), y además proponer una testifical. La parte contraria no pone objeción. Su Señoría admite la práctica de toda la prueba propuesta, y fija el juicio para dentro de más meses de los que cabría esperar.

Ya está, apenas diez minutos. Tardé más la víspera preparando el nudo de la corbata. Pero ya está, ya estoy en el camino. Ahora sí, soy abogado.

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