Éxito profesional

Esta mañana el sol luce más brillante que otros días aún cuando deba adivinarse su luz desde el otro lado de las nubes que cubren el cielo, y las flores nos seducen con su manto embriagador pese a que falten algunos meses para que las primeras de ellas se animen a brotar. Nada puede ensombrecer este día, en el que la cosecha de un importante éxito profesional me hace verlo todo de un color especial.

No me refiero a un éxito judicial, como la fácil victoria de ayer, en la que la parte contraria no compareció y nos absolvieron por falta de acusación. Tampoco me refiero a grandes sumas de dinero. Me refiero a algo más sutil. A una cuestión de reconocimiento. ¿Qué mayor éxito y revulsivo moral puede existir que el hecho de saber que hay quien considera que el dinero no es suficiente para valorar tu trabajo? Fui consciente de ello hace unos meses, cuando una cliente obsequió un perfume a una compañera del despacho, en agradecimiento por la resolución de un caso relativamente complicado. Sentí envidia. Mucha envidia. No por el regalo en sí, claro está, sino por el gesto.

Y esta mañana me ha tocado a mí. Un cliente al que resolví un tema relativamente simple ha entrado por la puerta, ha sacado un pequeño paquete toscamente envuelto en papel de periódico, y me lo ha entregado. Lomo ibérico, del pueblo. Aún no lo he catado, pero puedo adivinar que será el manjar más delicioso que haya probado jamás.