Perseguido por su cyber-pasado

Los usuarios de la relativamente nueva red de redes nos damos a menudo de bruces con una realidad demasiado terca como para darnos tregua: Internet funciona, pese a quien pese, de manera distinta a la “vida real” (nótese el uso de comillas). Una máxima latina nos recuerda que verba volant, scripta manent (las palabras vuelan, los escritos permanecen), advirtiéndonos de que actuemos con cautela al recoger algo por escrito, y que no nos fiemos demasiado de lo dicho de boquilla. En esa “vida real” resulta más o menos sencillo separar lo uno de lo otro sin mayores dolores de cabeza, puesto que la mayor parte de nuestras vidas discurre en el ámbito de lo verbal, de lo despreocupado y poco comprometido. En la barra del bar, en petit comité, uno puede permitirse realizar afirmaciones sin preocuparse de que los datos que cita sean contrastables, y no pasa nada si expresa opiniones poco reflexionadas e incluso incoherentes con sus anteriores manifestaciones. Incluso se puede ser inusualmente excéntrico y obsceno. Existe una especie de pacto tácito según el cual nadie se lo tendrá en cuenta ni lo recordará dentro de una semana, y todo quedará en el ámbito de lo personal, de lo colectivamente intrascendente. Y en caso contrario, siempre podrá recurrirse al siempre útil “donde dije digo digo diego”. Sólo en contadas ocasiones salimos de ese ámbito de despreocupación y confidencialidad para meternos en las pantanosas aguas de la constancia escrita y la publicidad, por lo que nos basta con ser cautos en tales excepcionales circunstancias.

La cuestión es que, como ya he dicho, Internet no funciona así. Mientras en la “vida real” lo común es que las palabras se las lleve el viento, en Internet la norma es otra. Lo común es que las comunicaciones sean escritas, es decir, permanentes. Y cada vez es más común que esas comunicaciones escritas sean, además, públicas, expuestas a escrutinio popular, gracias a la celebérrima Web 2.0. El hecho de que tales comunicaciones sean ya no excepcionalmente, sino generalmente permanentes y públicas, nos hace bajar la guardia. Porque no estamos hechos para permanecer constantemente en guardia, no somos capaces de medir nuestras palabras en todo momento. Para eso se inventaron los amigos, los bares y el café, para que tuviéramos nuestro espacio privado en el que poder desbarrar a gusto, donde poder expresarnos libres del yugo del decoro, de la coherencia, de la pertinencia y de la corrección política. Y tarde o temprano terminaremos confundiendo un foro, una bitácora o una lista de correo con nuestro bar favorito, y diremos por escrito y públicamente eso que antaño decíamos a voz en grito en un rincón del bar más anónimo. Gran error.

La gran desgracia es que este tipo de lección se suele aprender a base de tropezón y batacazo. Nos hacemos conscientes de ello cuando nuestras palabras escapan de nuestro control y ya no podemos hacer nada por evitar que nuestra metedura de pata sea conocida. Como le ha ocurrido a este usuario, que pide desesperadamente a los administradores de cierto foro que borren su nombre de los mensajes de otros usuarios, ofreciéndose incluso a pagar por ello:

«(…) existen unos 50 mensajes viejos míos en este foro, que contienen mi nombre de usuario. yo conseguí cambiar mi nombre de usuario, pero el problema es que en las citas de mis mensajes de otros usuarios sigue poniendo “escrito originalmente por…”, y por razones personales necesito cambiar esos mensajes (…) lo necesito desesperadamente, por razones de índole personal. De forma que estoy dispuesto a pagar por el favor. Si queréis en mis blogs pongo enlaces a vuestra web o lo que sea, y si es algún moderador de España os recargo el saldo. Esto es porque lo necesito urgentemente. Así que si alguien quiere hacer un favor a un viejo usuario de este foro, y acabar con mi último problema personal en relación a internet, independientemente de lo que me pidáis a cambio, os estaré eternamente agradecidos (…)»

«(…) yo solo quería que mis conocidos, familiares, y compañeros de trabajo no puedan volver a encontrar mensajes escritos por mi. Sé que no he puesto nada malo, pero no me gusta que me tomen el pelo por escribir en este foro, y sobre todo por motivos del trabajo (…)»

Como era de esperar, los administradores y moderadores del foro se niegan a acceder a lo que se les pide, recordándole que ya había pedido lo mismo con anterioridad, y los usuarios curiosos que pasaban por allí se dedican a decirle “haberlo pensado antes, chato” y a reír a costa de la desesperación ajena. Quizás alguien debería advertirle de que en su perfil de usuario se ha olvidado de borrar la dirección de su bitácora en Blogger, en cuyo perfil de usuario da más datos sobre sí mismo, como que tiene 17 años (y no 26 como pone en su perfil en Miarroba), es capricornio, vive en el País Vasco, y se autodenomina “librepensador”. No es nada comprometedor, pero seguro que en su día todo empezó así, diciendo su edad y su signo zodiacal. Todo por no darse cuenta de que eso no es un bar, y que cualquier vecino podrá encontrarle a poco que lo intente, gracias a Google.

Como suele decir un amigo cuyos datos personales no revelaré, “sé dueño de tus silencios para no ser esclavo de tus palabras”.