Y a la tercera semana, resucitó

mi pobre coche El pasado 25 de junio de 2009 circulaba yo por el Paseo de Vizcaya de Donosti, por el concurridísimo carril central, cuando el exceso de confianza me jugó una mala pasada. Iba hablando de algo intrascendente, no sé si el sexo de los ángeles o los ángeles del sexo, y no recuerdo por qué, me puse a señalar hacia la izquierda, desviando un instante la vista. ¡Frena, frena, frena!, pero ya era demasiado tarde: mi pobre coche murió en el impacto contra la parte trasera de una furgoneta que se había detenido, no sé por qué, ni importa. Murió entre estertores, queriendo vivir mientras la vida se le escapaba a borbotones por un radiador herido de muerte, mirándome con sus ojos, tristes, suplicantes, impotentes, mientras el asfalto se teñía de oscura tragedia.

Nosotros bien, gracias. Bueno, mi copiloto tuvo molestias en el cuello y las cervicales durante unos días, pero me dice que ya está mejor. Yo en estos días he cumplido la penitencia de volver a ser peatón forzoso. Y he sufrido. Vaya si he sufrido. Cada día que regresaba andando a casa bajo el justiciero sol de mediodía de julio. En cada ocasión que modificaba planes al recordar que dependía del transporte público. Toda vez que posponía gestiones personales ante la expectativa de perder media mañana al carecer de transporte individual. Se me hace difícil imaginar cómo he podido alguna vez vivir sin él, cómo era mi vida antes de contar con su compañía.

Y hoy se ha hecho la luz, el milagro de la resurrección se ha obrado, y a la tercera semana, vengo a extender la buena nueva: ¡mi coche vive! ¡Él ha vuelto de entre los muertos para salvarme! Así me lo ha contado un ángel anunciador, y mañana, ¡oh, amigos, mañana!, mañana volveré a encontrarme con mi coche.

No volveré a hacerte sufrir. Lo prometo.