Lo bonito de esta profesión es…

Escribo esto para poder leerlo en esos días que estoy de bajón. Sí, soy así de narcisista, cuando estoy de capa caída, me leo a mí mismo. Qué le voy a hacer, si me duele la cara de ser tan guapo… En mi profesión tragas mucha mierda, por el simple hecho de que un muchitantos porciento de la gente que entra por la puerta es para contarte un problema muy gordo, y pedirte que se lo arregles (y si puede ser, baratito), problemas a cuya solución muchas veces terminas dando prioridad sobre los problemas propios.

Es duro. No digo que haya que ser de una pasta especial para aguantarlo, porque la verdad es que no lo soy, más bien tiendo a ser un flojeras. Pero se sobrelleva cuando las alegrías son más que las penas, o al menos cuando son suficientes como para engañarte diciéndote a ti mismo que lo son. Con las alegrías me refiero a problemas resueltos, soluciones a dramas en las que has sido protagonista principal. Protagonista en las soluciones, digo, no en los dramas. Expresar en voz alta los éxitos es un mecanismo de defensa necesario, por eso en mis anécdotas siempre cuento los asuntos que han salido bien, y termino diciendo que aquéllos que han salido mal me los callo.

Y hoy vengo a contar un éxito. Un pequeño gran éxito. Realmente muy pequeño, porque mi trabajo ha sido muy poca cosa. Pero realmente muy grande, porque para la persona que me ha venido a pedir ayuda ha supuesto un cambio muy importante en su vida. Y se ha resuelto como a mí más me gusta, sin dramas, sin tener que ir al Juzgado a tirarnos los trastos. Dicho de otro modo, minutando poco. 😛

Mi cliente es una mujer desesperada, que me llama porque una antigua cliente le ha dado mi número de teléfono. Esta nueva cliente está divorciada hace algunos años, pero un tiempo después de divorciarse, cometió el error de dejar entrar en casa a su exmarido. Es una situación que he visto más veces de las que me gustaría: él se queda en paro, no puede pagarse un alquiler, a ella le da pena, y le deja entrar. Juntos pero no revueltos, que lo único que compartimos es el techo, no la cama. Y en cuanto mejore tu situación económica, te vas. Pasado un tiempo él encuentra trabajo, su economía mejora, pero no se va, está muy cómodo compartiendo techo con su hija común y su exmujer. Ella le dice que se vaya, pero él hace caso omiso. La situación es cada vez más tensa, y ella no sabe cómo deshacerse de un hombre con el que ya lo único que le une es una hija en común y un montón de recuerdos.

Hablo con ella, y encuentro distintas soluciones:

  • Mañana cuando él salga a trabajar, cambia la cerradura, y ponle la maleta en el rellano. En teoría podría, tiene un convenio regulador que le atribuye a ella el uso de la vivienda (que es en alquiler, y lo paga ella), pero creo que sería mala solución. Por muchos motivos, aunque sólo explicaré dos. El primero, que es una faena que de un día para otro te encuentres con la maleta en el rellano, y ella no le desea ningún mal a su exmarido. El segundo, que las consecuencias legales son imprevisibles, según cuál sea su reacción. Tenemos un convenio regulador, sí, pero después de ese convenio hemos reanudado la convivencia, y yo digo que no estamos revueltos, pero tú dices que sí, y si me pones en el Juzgado de Guardia una denuncia por coacciones, no sé si llegarán a condenarme, pero como mínimo me haces pasar un mal rato por tener que ir al Juzgado a explicarme. Y mi abogado no es muy amigo de ir al Juzgado si puede evitarse.
  • Que un abogado le pida por escrito lo que tú le has pedido verbalmente. Con un poco de suerte, abre los ojos, y se va. Ésta es la solución que a mí más me gusta, pero claro, depende de que el exmarido entienda que realmente es lo mejor para todos.
  • Ir al Juzgado y pedir que le saquen del domicilio, haciendo cumplir la Sentencia de Divorcio. Suena raro, nunca me ha tocado pedir la ejecución forzosa del deber de abandonar el domicilio AÑOS DESPUÉS de dictada Sentencia. No sé cómo saldría la cosa.
  • Decir “me ha pegado”, y denunciarle en la comisaría más cercana. Efectivo sería: le sacan del domicilio el mismo día. Pero me parece un mal plan, por tantísimos motivos, que no voy a explicar ninguno, porque no es de eso de lo que vengo a hablar. Hay por ahí abogados a los que no me atrevo a llamar “compañeros” que aconsejan este tipo de “estrategias”, pero yo a la cliente ni se lo menciono, porque no quiero sembrar en su cabeza una mala idea.

Mi consejo es empezar por la segunda solución, y si no funciona, plantearnos si optamos por la tercera. La cliente, persona razonable, dice “adelante”. Le mando al exmarido un burofax en tono amable, aunque termino, como con todos mis burofaxes, advirtiéndole de que si no fuera posible una solución amistosa, no me quedaría más remedio que acudir al Juzgado. En cuanto lo mando le pido a mi cliente que esté al tanto del cartero, que me avise cuando el exmarido vaya a recoger el burofax. Quiero controlar su reacción, no quiero provocar una discusión que termine con intervención de la Policía. Mi cliente me manda un mensaje, “ha ido a Correos a recoger el burofax, yo ahora me voy a trabajar, no vuelvo hasta la tarde”. Espero un rato para asegurarme de que ha tenido tiempo de leerlo, y llamo al exmarido.

Me presento, le digo quién soy y para qué le llamo, y le digo, amablemente, que buscamos una solución pacífica. El hombre parece razonable, aunque no se termina de fiar de lo que le digo (claro, soy “el enemigo”). Le digo que la solución pacífica es nuestra solución preferida, pero le cuento que hay más opciones. Y a él sí, le explico que hay una cuarta opción, que no le he contado a su exmujer, que espero que no se le ocurra nada así, y si me lo plantea yo intentaré quitárselo de la cabeza. Pero no puedo garantizarle que su exmujer no vaya a optar por ese camino si él no facilita una solución civilizada. Quien lea esto pensará que soy un hábil manipulador, pero no, en serio, no pretendo manipularle, de verdad que le estoy ADVIRTIENDO de un riesgo real. A mi cliente no le he dicho nada de la cuarta opción, pero estoy seguro de que otras personas sí se lo habrán sugerido, y la carne es débil. Vivimos en un mundo así de perro. Él me dice que bueno, que sí, que sabe que tiene que dejar la casa, pero la cosa no es tan fácil, que no tiene dónde ir… Yo le digo que tiene que irse, eso no es negociable, que él verá qué solución encuentra, que lo máximo que podemos hacer es tener algo más de paciencia, pero necesitamos ver que se lo toma en serio, y que no se dedica únicamente a ganar tiempo. Le sugiero, porque es mi obligación (art. 14.2 del Código Deontológico) y además creo que es preferible, que se busque un abogado que le asesore.

A continuación llamo a mi cliente, y le cuento la conversación. Iremos viendo. Le pido que me vaya informando de las novedades.

Esto fue hace algunas semanas, y no he tenido noticias hasta hoy, que me manda un mensaje mi cliente informándome de que su exmarido ya ha abandonado el domicilio, y me agradece mi ayuda. Yo le contesto lo siguiente:

Buenos días, [$NOMBRE_CLIENTE]. No sabes la alegría que me das. Me acordé de ti anteayer, y estuve a punto de llamarte para preguntarte, pero andaba liadísimo, y al final no pude. Supuse que si no me llamabas era porque todo iba bien. De veras me alegro de que todo se haya arreglado sin más complicaciones. Espero que en adelante todo vaya bien.

Y esto es lo bonito de la profesión. Tan simple.

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