Cliente que viene a pagar, alfombra roja

En 2011 me tocó asistir por el Turno de Oficio de Menores a un chaval (menor de edad, obviamente) que se había metido en líos. Contento con mi trabajo, en la siguiente ocasión en la que el chaval se metió en problemas el padre me pidió que le defendiera yo, en vez del abogado que le correspondiera por el Turno de Oficio. Me habló a las claras, “me gustaría que le defendieras tú tanto en éste como en los siguientes, porque sé que se va a seguir metiendo en problemas, pero mi situación económica es muy complicada”. Cuando el abogado lo eliges tú en vez del que te toca por Turno sus honorarios no están cubiertos por la Asistencia Jurídica Gratuita (alguna previsión al respecto hay en el art. 32 del Decreto de Justicia Gratuita, pero no se está aplicando), así que tocó hablar de dineros. Le propuse una tarifa especial por actuación, inferior a la que suelo cobrar habitualmente, y como modo de pago suscribimos un acuerdo de cuandopuedas. Me pareció una persona honesta y cumplidora, así que no me importó darle un trato especial.

El chaval terminó dando mucho trabajo, tanto antes como después de alcanzar la mayoría de edad (no es mal chaval, pero le ha tocado una adolescencia difícil), y si por su actitud fuera, no me habría compensado aceptar el encargo, pero por fortuna la colaboración del padre ayudó a que el trabajo fuera más llevadero. No hay nada más frustrante que un cliente rebelde, y no hay trabajo más agradable que aquél en el que abogado y cliente actúan en sintonía.

El padre fue abonando sobre la marcha lo que buenamente pudo, y cada vez que venía a pagar se disculpaba diciendo “ya me gustaría poder pagarte más”, a lo que yo siempre respondía “para nada, no te preocupes, entiendo tu situación, y hemos llegado a un acuerdo, así que no tienes que disculparte”. En agosto de 2014 me hizo el último pago, de 150 euros, quedando pendientes 750 euros, y desde entonces no he vuelto a saber de él.

Hasta hoy. Dos años y medio después, me llama todo feliz, contándome que tras unos años dando tumbos, ha encontrado trabajo, y está en disposición de pagarme lo que me debe. Quiere pasarse por mi despacho a pagar fuera de horario de trabajo, así que finalmente hemos quedado el lunes que viene por la tarde en una cafetería cerca de mi casa. Así de paso tomamos un café y me cuenta cómo le va. Suelo decir que quien entra por la puerta del despacho siempre es alguien con problemas, que nunca entra nadie a contarme lo bien que le va la vida y a compartir su buena fortuna. Digamos que esta vez es una excepción: viene a contarme que está empezando a sacar la cabeza del agujero, y pagarme el resto de mi minuta es un modo de compartir su buena fortuna.

Mola.

PD: Quería haber escrito algo sobre las cláusulas suelo y los gastos de hipoteca, pero no consigo sacar tiempo para escribir algo de tanta sustancia, así que para desquitarme he escrito esto que habéis leído. A ver si el fin de semana puedo sentarme un rato a ordenar ideas por escrito…

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