Demasiado inocente

Ojalá pudiera decir esto de todos mis clientes, pero no, lo de “demasiado inocente” va por un abogado que conozco mucho, pero no soy yo. Ehem. Este hombre, a fuerza de quedar como un pardillo en innumerables ocasiones, ha terminado aprendiendo a ser un poco menos pardillo. Un poco.

Este amigo, que no soy yo, me cuenta una historia sobre juicios en ausencia y conformidades. Supongo que no os sonará a chino el hecho de que los abogados defensores a menudo llegan a acuerdos con los fiscales acusadores: mi cliente se declara culpable si bajas tu petición de pena de tres años a uno, con el informe favorable para su suspensión. Bueno, por lo general suele ser al revés: estoy dispuesto a bajar mi petición de pena de tres años a uno, con informe favorable para la suspensión, si tu cliente se declara culpable. El fiscal obtiene una condena para su estadística personal, y el abogado consigue librar a su cliente (culpable hasta la médula) de entrar en prisión. Y trabajando poquito. Todos contentos. Problema: la conformidad no la da el abogado, sino el acusado, así que es condición imprescindible que el acusado esté presente para manifestar su conformidad ante Su Señoría. Y que el acusado esté ausente pese a haber sido debidamente citado es más común de lo que cabría esperar.

En esto que justo antes de empezar un juicio, un fiscal muy majete (no sólo porque yo lo diga, sino porque goza de buena fama entre los abogados) le hace a mi compañero, el inocente, una oferta que no podrá rechazar. Si rechaza la oferta y fuerza la celebración del juicio será IMPOSIBLE obtener una sentencia mejor que lo que se le ofrece. “Ya lo siento”, dice este compañero, “pero mi cliente no ha venido, así que no puedo dar conformidad”. Y el fiscal, al que le da pena tanto mi compañero como su cliente, le propone lo siguiente: “mire, yo estoy dispuesto a rebajar mi calificación, si usted se compromete a no ofrecer resistencia”. Es decir, al inicio del juicio el fiscal rebajará su petición de pena a eso mismo que ha ofrecido al abogado (eso que el abogado no ha podido aceptar por no estar su cliente), con la condición de que en el interrogatorio de los testigos (agentes de policía) el abogado no toque las narices intentando poner contra las cuerdas a los agentes, y en las conclusiones se limite a pedir una sentencia absolutoria, sin dar más vueltas a la historia. Un combate amañado, vamos: yo me dejo ganar (fingiendo que me defiendo) si prometes golpearme flojito. El ofrecimiento se hace con Su Señoría presente, algo a lo que nunca le he visto sentido: si estoy barajando delante de Su Señoría reconocer que mi cliente es culpable, si finalmente no llegamos a un acuerdo y celebramos el juicio, ¿con qué cara defenderé la inocencia de mi cliente? Bueno, pues se hace así. En este caso concreto llegaron a un acuerdo, actuaron según lo acordado, y todos contentos.

Semanas más tarde coinciden en otro juzgado el mismo fiscal y el mismo abogado, en las mismas circunstancias: el cliente no ha venido, en el escrito de calificación se pide una pena bastante gorda, y el fiscal ofrece al abogado un acuerdo MUY bueno, consistente en una rebaja sustancial de la pena solicitada en el escrito de acusación. El tema es que, una vez más, este compañero no puede aceptar el ofrecimiento del fiscal por no estar su cliente presente, así que le propone hacer lo mismo que la otra vez. Con Su Señoría presente, como la otra vez, sólo que esta vez Su Señoría es otra Señoría. “¡Yo no puedo hacer eso, sr. Letrado!”, responde el fiscal, con fingida indignación. “Disculpe usted, es que como en alguna otra ocasión ya lo hemos hecho así, y creía recordar que había sido con usted mismo…”. El fiscal sigue interpretando su papel, y exclama ¡¡IMPOSIBLE, IMPOSIBLE…!!. Vale, pues nada. Celebremos. Y celebran el juicio.

Mi compañero el inocentón había tardado mucho en darse cuenta de que no todos los jueces tragan con las mismas irregularidades, y los apaños que en un juzgado se hacen a calzón quitao, en el de la puerta contigua son tabú. El fiscal conocía los tabúes de cada juzgado, y adaptaba su comportamiento al contexto. Mi compañero el inocentón, que se mueve por el mundo como si no fuera un mundo enfermo, es demasiado transparente para esta profesión. Pero poco a poco va aprendiendo.

Publicado originalmente en Barrapunto

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