Esta mañana el sol luce más brillante que otros días aún cuando deba adivinarse su luz desde el otro lado de las nubes que cubren el cielo, y las flores nos seducen con su manto embriagador pese a que falten algunos meses para que las primeras de ellas se animen a brotar. Nada puede ensombrecer este día, en el que la cosecha de un importante éxito profesional me hace verlo todo de un color especial.
Aviso a navegantes. Como en anteriores ocasiones en las que he hablado de mi vida, me ha salido un texto más bien largo. Si no os apetece leer tantas letras juntas os aconsejo que paséis de esta bitácora, o si no saltad directamente al último párrafo, que contiene un resumen. Si tenéis intención de leer el texto completo os recomiendo no leer el resumen hasta haber leído el texto completo.
El pasado miércoles me llamó por teléfono un compañero y amigo justo cuando estaba apagando el ordenador y recogiendo los bártulos para irme a casa. Hacía tiempo que no hablábamos, y me hizo ilusión recibir su llamada. Enseguida la ilusión se convirtió en sorpresa mayúscula cuando empezó a contarme los cambios que ha experimentado su vida desde la última vez que hablamos. En aquella anterior ocasión me comentaba que se sentía un poco hastiado con su trabajo. Había empezado desde abajo, y poco a poco, demostrando su valía, había ido asumiendo nuevas responsabilidades, responsabilidades éstas que siempre había considerado retos intelectuales y profesionales, una buena manera de crecer; pero últimamente veía que se había estancado, notaba que había tocado techo en la empresa, y su trabajo ya no le resultaba tan sugerente. Me comentaba que necesitaba cambiar de aires. No necesariamente de manera inmediata, pero él tenía claro que debía buscar su futuro fuera.
Aburrido de no hacer nada a la espera de que refresque un poco, me he conectado al mesenyer para ver si había alguien. Dos personas nada más. Iba a saludarles y entablar una conversación, pero entonces me he dado cuenta de que tampoco tengo nada que contar (hoy estoy de un aburrido que espanta), y paso de iniciar una de esas conversaciones de “hola - qué tal - mucho calor hoy - bueno, me tengo que ir - hasta otra - cuídate”, así que he preferido esperar un rato (a lo mejor ellos sí que tenían algo que contar), y luego he cerrado. Pero antes de cerrar me he fijado en el “nick” de uno de mis contactos, que suele utilizar para lanzar mensajes de todo tipo al cyber-mundo. Hoy rezaba algo así como “todos somos Julio Alonso”, y luego decía no-sé-qué de la SGAE.
AVISO: Entrada no apta para impacientes. Soy “de letras”, así que aquí vais a leer muchas.
Así como el juez Claus supo desde que era más pequeño que una nuez que su destino era ser juez (un buen juez), yo supe desde bien pequeño que quería ser abogado. No tendría yo más de cinco años cuando ya afirmaba con total convencimiento que me iba a dedicar a tan compleja profesión.