Tecnológicamente obsoleto: la zorra y las uvas

En este momento voy sentado en un vagón de Cercanías de Renfe de vuelta a casa (luego copiaré esto en mi bitácora de Barrapunto). Frente a mí se sientan dos completos desconocidos, un hombre y una mujer. Él, varón de unos cuarenta años (aproximadamente; no soy bueno para las edades), ella, mujer de unos treinta. Nada les une, salvo el hecho de que han coincidido al sentarse en el tren (hoy va bastante lleno), y que ambos poseen un bonito cacharro de bolsillo para escuchar MP3 (bueno, tal vez sean archivos Ogg Vorbis, pero permitidme que lo dude).

Es curioso, al ver la torpeza y poca soltura con que él manipula el dispositivo me he acordado de (por ejemplo) mi tío, un completo analfabeto digital cuya mayor relación con la tecnología se limita al arradio de bolsillo con el que escucha Radio Gaceta de los Deportes, o algo así. Y sin embargo este señor (el del tren, no mi tío) maneja un cachivache jai-tek, y yo no. Debo de ser el único pringao que aún no ha roto la hucha para comprar uno.

Hace unos meses adquirí una grabadora de DVD (fue un regalo como agradecimiento al buen pringao), y en ese momento sentí que dejaba de estar a la zaga en el mundo de la tecnología, por primera vez era yo el envidiado y no el que era devorado por la (sana) envidia. Y ahora me doy cuenta de que se trató de una sensación efímera, tal vez incluso equivocada. De repente me doy cuenta de que todo hijo de vecino mueve a golpe de USB sus emepetreses descargados con la mula, y yo sigo tirando de CD-R como un pardillo. Probablemente el regalo del quinto cumpleaños de mi sobrino sea un emepetrés.

Algo parecido ha ocurrido con el móvil: por mi cumpleaños me regalaron un móvil con cámara de fotos y nosécuántas chorrapijadillas más, y pude jubilar mi ladrillo que habla. La engañosa sensación de actualidad se difuminó al ver que en un par de días el móvil del vecino además de hacer simples fotos podía sacar fotos de alta resolución, grabar vídeos, descargar juegos, y hacer la declaración de la renta por fascículos.

Pero oye, ¿realmente son tan importantes estos cacharros? ¿Acaso son algo más que sucios ejemplos del peor consumismo inconsciente de una sociedad aburguesada? Será que he sido seducido por el monstruo del lujo, la bestia del poseer. O será que me engaño a mí mismo diciendo que en realidad no necesito nada de eso. Como la zorra y las uvas, ni más ni menos.

PD: Sí, lo sé, tengo mucha suerte, me regalan cachivaches un día sí y otro también (exagerando). Lo último ha sido un pequeño artilugio a pilas con una luz que se engancha en el libro para poder leer en las noches más oscuras sin molestar a los de alrededor.

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