Una difícil elección

Aviso a navegantes. Como en anteriores ocasiones en las que he hablado de mi vida, me ha salido un texto más bien largo. Si no os apetece leer tantas letras juntas os aconsejo que paséis de esta bitácora, o si no saltad directamente al último párrafo, que contiene un resumen. Si tenéis intención de leer el texto completo os recomiendo no leer el resumen hasta haber leído el texto completo.

El pasado miércoles me llamó por teléfono un compañero y amigo justo cuando estaba apagando el ordenador y recogiendo los bártulos para irme a casa. Hacía tiempo que no hablábamos, y me hizo ilusión recibir su llamada. Enseguida la ilusión se convirtió en sorpresa mayúscula cuando empezó a contarme los cambios que ha experimentado su vida desde la última vez que hablamos. En aquella anterior ocasión me comentaba que se sentía un poco hastiado con su trabajo. Había empezado desde abajo, y poco a poco, demostrando su valía, había ido asumiendo nuevas responsabilidades, responsabilidades éstas que siempre había considerado retos intelectuales y profesionales, una buena manera de crecer; pero últimamente veía que se había estancado, notaba que había tocado techo en la empresa, y su trabajo ya no le resultaba tan sugerente. Me comentaba que necesitaba cambiar de aires. No necesariamente de manera inmediata, pero él tenía claro que debía buscar su futuro fuera.

Y el miércoles me llamaba para contarme en qué consistía el gran salto que había pegado en su vida profesional. La política. Venía participando hace algún tiempo en algunos tinglados de carácter local sin demasiada importancia en cierto partido político, y en un momento dado cierta persona MUY importante se fijó en él y en su buen hacer, y le ofreció una oportunidad dentro de su equipo. No voy a deciros quién es esa persona TAN importante ni a qué partido pertenece ni en qué ámbito territorial es importante, pero os aseguro que todos habéis oído hablar de él, y ha salido (y sale) en TV en innumerables ocasiones. Si dijera su nombre muchos lo denostaríais y otros tantos lo alabaríais, y muy pocos os mostraríais indiferentes hacia su persona. En este momento (hasta que las urnas hablen) esta persona está al frente de cierto chiringuito de poder, y en la pirámide justo dos peldaños por debajo de él se encuentra el amigo del que os hablo. Un cargo de confianza de carácter político que está ahí, en la puta cúspide de la pirámide. Mucho trabajo, mucho viaje, mucha responsabilidad, mucho tratar con gente muy importante, y mucho por aprender. Mientras me lo contaba le pregunté por lo menos cuatro veces si estaba de coña. Pero no, él no sabe mantener un vacile tanto tiempo. Y yo pensando que no conocía a nadie importante.

Cuando terminó de ponerme al día acerca de las principales novedades en su vida, cambió por completo el tono y me hizo una pregunta que me hizo contener la respiración durante varios segundos, mientras en mi mente intentaba encontrar una explicación racional para semejante giro en la conversación. “¿Tú estás contento donde estás, verdad que sí?” Sí, lo estoy, y él lo sabe bien. Y no se trataba de una pregunta en plan “hola, qué hay, cómo te va”, ésas se hacen al principio de conversación, no cuando ya llevamos diez minutos de palique. “Verás, es que estamos buscando a alguien… y he pensado en ti.”

Me estaba ofreciendo dejar lo que estoy haciendo y unirme a ellos, no como cargo político (tengo mis filias y mis fobias políticas, pero no milito en ningún partido ni expreso públicamente mis afinidades, y no tengo ambición política), sino ocupando un puesto de asesor jurídico, apoyándole a él y a su inmediato superior mediante una labor técnica. A dos o tres peldaños de esa persona TAN importante que os digo, pero sin tener que tomar decisiones ni asumir responsabilidades o realizar comparecencias públicas. “Andamos muy escasos de personal con preparación jurídica, sólo tenemos periodistas”, me dice medio en broma. Él sí que tiene preparación jurídica, lo que no tiene es tiempo para dedicarse a estudiar a fondo cada tema. Ya os he dicho, mucho viaje, mucha reunión, mucho discursito… necesitan que alguien les digiera el trabajo, se empape pacientemente de cientos de folios de normativa y documentación, y les haga un resumen explicativo de cuatro folios para poder echarle un vistazo aprovechando el tiempo entre reunión y reunión.

Necesitan a alguien con una buena base teórica, pero sobre todo con disposición para ponerse al día de temas nuevos en jornadas maratonianas, con capacidad para trabajar junto con profesionales de distintas ramas entendiéndoles y haciéndose entender, con criterio y franqueza suficiente como para mirar al jefe a los ojos y decirle “así no, que la cagas”. Y este compañero ha pensado en mí. Entre los muchos sentimientos que corrían por mi mente mientras me explicaba el asunto, uno de los que pude identificar fue el orgullo, una satisfacción personal indescriptible. Él había pensado en mí, no por ser su amigo (que lo soy), sino porque creía sinceramente que yo era la persona adecuada para ese puesto. Si hubiera sido cuestión de amistad (alias “enchufismo”) habría llamado a alguno de sus compañeros de facultad a los que conoce desde hace mucho más tiempo y con los que tiene una estrecha relación de amistad. A mí me conoce de hace tres años, y repito, somos buenos amigos, pero me ha llamado por mi aptitud profesional. Por la aptitud que él cree que tengo.

Que alguien confíe en ti ciegamente para un puesto así de importante es un auténtico subidón, no os lo podéis ni imaginar. Bueno, claro, no podéis porque ni siquiera sabéis dónde sería el puesto. Es que os he dado la información a medias. Haced un esfuerzo imaginativo y confiad en lo que os digo, pensad que sería la rehostia. Una oportunidad profesional que supera potencialmente cualquier meta que yo haya podido fijarme a treinta años vista. Y digo potencialmente porque la cosa es así: yo entro como asesor, en X tiempo me dedico a absorber conocimiento en cantidades industriales (que es lo que más me gusta de mi profesión, no dejar nunca de sorprenderme con nuevos conocimientos), aprendo a tratar con gente MUY importante, incluso adquiero una confianza impresionante en mi propio potencial al ver que lo que yo redacto tal vez termina publicándose en un boletín oficial a modo de Reglamento… y pasado ese X tiempo vienen las elecciones, el partido que me ofrece esta oportunidad no se come una mierda, y si te he visto no me acuerdo. Lo que haya podido aprender en ese tiempo y lo bonito que quede recoger en mi curriculum esa experiencia, bienvenido sea, pero a partir de aquí sigues tu camino. O arrasan en las elecciones, y mi puesto se renueva, o incluso se me asignan otras tareas en otros chiringuitos, y lo que redacto ya no toma forma de Reglamento sino de Ley (porque las leyes las aprueban los parlamentos, pero las redactan los asesores jurídicos de los partidos). Esto puede ser algo MUY GRANDE. Sin garantías. Potencialmente.

Si me hubieras ofrecido esto hace dos años, aunque entonces era mucho más pipiolo de lo que soy ahora, te habría dicho que sí sin pensármelo. De cabeza. A fuego. Pero ahora la cosa es muy distinta, estoy embarcado en una aventura que, a su modo, también es muy importante. Sí, es cierto, explicarle a un cliente por qué no le conviene reconocerle un derecho de opción de compra en el contrato a su inquilino no es precisamente una experiencia novedosa y enriquecedora, y redactar un recurso de reforma sabiendo de antemano que te lo van a denegar porque ni tú mismo te crees los argumentos que estás metiendo con calzador no es el colmo de la realización profesional. Y formamos un despacho pequeño que no se puede comparar con lo que me ofreces. Pero en ese modesto día a día, hay momentos mágicos en los que, ¡ay!, sientes que ése es tu sitio, que eso es lo que te gusta hacer. Tengo algunos casos en la recámara para contároslos en posteriores capítulos de esta bitácora, sólo necesito tiempo para ponerme a ello.

Así que hace tres años era un recién licenciado que veía el futuro muy negro, y hoy, quién me lo iba a decir, me encuentro embarcado en un proyecto modesto pero con potencial de crecimiento, mientras me ofrecen un proyecto MUY ambicioso, pero también arriesgado. Y tengo que elegir. Porque compatibilizar ambas actividades se presenta bastante complicado, no sólo por lo duro de tener dos trabajos de manera simultánea (algo que quizás podría asumir), sino también por los conflictos de intereses que puedan surgir. Me veo por la mañana presentando un recurso o una reclamación ante el chiringuito en nombre de un cliente, y por la tarde enfundándome el traje de asesor de chiringuito para analizar la viabilidad jurídica de lo que yo mismo he solicitado. Como que no.

Se me hace muy difícil ordenar, verbalizar y valorar los factores positivos y negativos de cada una de las dos opciones, pero no me ha quedado más remedio que intentarlo.

Lo primero que me viene a la cabeza es que se me ofrece una oportunidad única, algo que probablemente no se volverá a repetir. La posibilidad de hacer algo importante, complejo, un auténtico reto intelectual y profesional, en una escala mucho mayor de lo que puedo esperar del proyecto en el que me encuentro en este momento. Algo que para un don nadie como yo es mucho más de lo que haya podido esperar jamás. Como puntos negativos, el miedo a no estar a la altura, y la incertidumbre de cuánto durará y hasta dónde llegará mi recorrido.

Y en el otro lado de la balanza, mi actual trabajo. Un sueño vivido, la realización material de todas mis aspiraciones, en ascenso lento pero imparable, algo que toca levantar a base de trabajo, trabajo y más trabajo. No es comparable con lo que ahora se me ofrece, pero no es una oportunidad desdeñable. Y algo que nunca valoramos suficiente, un ambiente de compañerismo envidiable. Con sus más y sus menos, con sus momentos incómodos, pero con un balance general muy positivo. Sin férreas estructuras jerárquicas piramidales, con un tratamiento de tú a tú en el que la autoridad la da la experiencia y la preparación, y no el escalón en el que uno se sienta.

¿Y la cuestión económica? En ese punto lo que me ofrece este compañero y amigo del que os hablo mejoraría lo que tengo ahora, pero no es el dinero lo que me ha traído aquí. Si fuera por dinero, me habría metido a fontanero al cumplir 16 años. La decisión se basará en otros pilares. Y parece haber un empate técnico.

Terminamos la conversación casi una hora después, y nos despedimos afectuosamente, él comprometiéndose a ampliarme la información acerca de cuál sería exactamente mi función, y yo comprometiéndome a pensármelo. En ese momento estaba tan exaltado que necesitaba contárselo a alguien, y volqué toda la historia sobre una compañera, administrativa, que aún no se había ido. “El tren sólo pasa una vez”, me dijo.

A la mañana siguiente, con un importante déficit de horas de sueño, nada más entrar a la oficina me dirigí al despacho de una compañera abogada, socia del despacho, la persona por medio de la cual he entrado en la abogacía, y se lo conté todo. “Esto es muy grande para mí y no he tomado ninguna decisión aún, pero quiero que lo sepáis, no quiero cocinarlo en secreto y que os pille de sorpresa.” No recuerdo exactamente cómo discurrió la conversación, pero sí recuerdo su cara, mezcla de asombro y preocupación. Soy consciente de que si me voy ahora les dejo con el culo al aire, y así se lo dije. Su respuesta fue que tomara la decisión pensando únicamente en mí, que ellos se las arreglarían. Quedamos en que se lo contaría ella al día siguiente al resto de socios del despacho, aprovechando que tenían prevista una reunión.

Ese mismo día, más tarde, al entrar al despacho de otro compañero, también socio, me soltó “así que nos dejas”. Alguien no había podido esperar al día siguiente para correr a contárselo a los demás. Je. Le entiendo perfectamente, yo tampoco había podido esperar a que me concretaran mejor en qué consistía el trabajo. Hay cosas que no se pueden guardar. Tuvimos una conversación parecida a la que ya había tenido con la otra compañera. Le pedí su opinión. “Yo no puedo ser objetivo, porque yo quiero que te quedes; pero la decisión es tuya, y no pienses en cómo quedamos aquí.”

El mismo jueves a última hora, ya en casa, me volvió a llamar el amigo del que os he hablado para concretarme un poco más en qué iba a consistir el trabajo. Me confirmó que no habría posibilidad de compatibilizarlo con mi actual trabajo, que requiere exclusividad. Nuevamente estuvimos hablando cerca de una hora, y esta vez me despedí con el compromiso de darle una respuesta definitiva para el lunes. “Que te quede claro que decidas lo que decidas, tú y yo seguimos siendo amigos, yo no te quiero obligar a nada.” Tres días para tomar una decisión. Ellos tienen prisa en encontrar a alguien para cubrir el puesto, y yo no quiero prolongar esta agonía.

Hay un rincón para mí especial en el pueblo, un sitio donde pensar y tomar decisiones me resulta más fácil. Se trata de un pequeño jardincito, con un par de grandes árboles y dos bancos de madera al abrigo de su sombra. Por allí apenas pasa nadie, sólo gente paseando al perro, y quien pasa no se detiene. Es un sitio demasiado feo. Demasiado tranquilo. Se encuentra justo al final del recorrido de paseo para mi perro. En días normales llegamos, nos sentamos (él en el suelo), esperamos unos minutos, y emprendemos el camino de regreso. Pero en días especiales se convierte en un oasis, y prolongamos nuestra sentada más de lo acostumbrado. Ese lugar, en compañía de mi perro, me ayuda a pensar. Y el jueves por la noche tomé una determinación.

“He tomado una decisión. Me quedo.” Así se lo dije a mi compañero el viernes según llegué a la oficina. Espero no haber tomado la decisión equivocada, pero ya está hecho. Aquí me quedo, en el mismo camino que tomé hace ya muchos años, sin desvíos, lento pero seguro. ¿El motivo de mi decisión? Sinceramente, no lo sé. Llegó un momento en el que había un empate técnico, y había que resolverlo. No sé si el factor resolutorio fue el miedo, la lealtad a quien hace dos años ya me ofreció la oportunidad de mi vida, o simplemente el azar.

Lo siguiente que hice fue llamarle a mi amigo, agradecerle que me hubiera ofrecido semejante oportunidad, y decirle que declinaba su ofrecimiento. “Lo que me has ofrecido me gusta, y sé que probablemente no tendré otra oportunidad igual en mi vida, pero ya te expliqué cuáles eran mis dudas, y he tomado la decisión de quedarme donde estoy.” No quise hacerle esperar hasta el lunes, y me lo agradeció. Seguimos siendo amigos, y espero verle en la próxima cena que se organice.

Siempre me quedará la espina de no saber hasta dónde podría haber llegado. A cambio he ganado otras cosas. La satisfacción de que alguien piense en ti para un puesto de ese tipo sube la moral a cualquiera, pero más importante aún es verte obligado a decidir, y verte a ti mismo eligiendo quedarte. Ahora estoy más convencido que nunca de que estoy aquí porque quiero, porque es lo que me gusta. Y por supuesto, es una gran satisfacción que tus compañeros te digan “me alegra que te quedes”. De repente ves tu trabajo con otros ojos, con otra ilusión.

En otro orden de cosas, mañana tengo la jura del cargo del Colegio de Abogados de Guipúzcoa, a la que tengo que acudir con camisa blanca y corbata negra. Seguramente se tratará de una ceremonia casposa y anacrónica, un simple trámite sin la menor trascendencia. Algo que carecería por completo de sentido si hubiera decidido dejarlo todo y aceptar la oportunidad que me ofrecían. Por mi parte, lo consideraré símbolo de tan trascendente decisión. Y lo celebraremos. Vaya si lo celebraremos.

Resumen para impacientes. Un amigo se ha metido en política, y me ha ofrecido un importante puesto de asesor jurídico. La decisión ha sido muy difícil para mí, pero al final he decidido rechazar el ofrecimiento y quedarme donde estoy. La experiencia me ha servido para reafirmarme en mis objetivos.

Deje un comentario


Cerrar
Enviar por Correo